Pierrot Le Fou (Jean-Luc Godard, 1965)

En “Pierrot Le Fou”, Godard utiliza todo tipo de elementos discursivos para conformar un collage visual y sonoro que navega por los estados de conciencia de los personajes, reflejando a su vez el clima intelectual y político de Francia en los años 60. Las Guerras de Argelia y Vietnam, la influencia de la cultura norteamericana, la alienación urbana y la función del arte son algunos de los tópicos retratados en este largometraje que combina el drama, la comedia, el policial y el musical de manera totalmente libre y disparatada.

Agobiado por su circulo social burgués y aburrido de su estilo de vida acomodado, Ferdinand (Jean-Paul Belmondo) escapa de Paris junto a Marianne (Anna Karina), una mujer que es perseguida por unos gángsters argelinos. En el camino, somos testigos de su relación de amor imposible en donde la incomunicación es trabajada por el director de manera lúdica. Ferdinand/Pierrot es un personaje doble, un cúmulo de pensamientos en constante contradicción que Marianne intenta descifrar a lo largo de la historia.

La trama policial, esbozada mediante arquetipos del cine negro, es constantemente dinamitada por disgresiones que buscan poner en evidencia la existencia de la cuarta pared, ese límite imaginario que el cine narrativo ha intentado ocultar desde su concepción. Godard nos sitúa en su universo personal de referencias pictóricas, literarias y cinematográficas, dando forma a un filme completamente impredecible.

Los personajes no sólo actúan, sino que se hacen preguntas sobre el sentido de su representación, revelando la compleja relación entre ficción y realidad en el medio cinematográfico, algo que es una constante en la obra de Godard. Lo que da continuidad a la película no es la linealidad narrativa, como sucede en el cine más convencional, sino la coexistencia de discursos, pensamientos y acotaciones en un lienzo audiovisual que convierte al caos creativo en su aliado principal.

Desde el punto de vista técnico, resulta notable tanto el trabajo fotográfico de Raoul Coutard, en cuyos planos rebosantes de color reside gran parte de la belleza del filme, como la banda sonora de Antoine Duhamel, la cual le otorga una nueva dimensión a las escenas. Cabe destacar que se trata de dos colaboradores habituales en muchas de las películas de la nouvelle vague. A su vez, el filme reafirma el gran talento de Godard como musicalizador, que utiliza la banda sonora de maneras no convencionales, en línea con su estética rupturista.

Por Hernán Touzón

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